
Tengo una porfiada costumbre por revestir las sombras de verde y esperar en la tormenta los rasos destellos de luz posteriores.
Un afán por no languidecer, por lamer las derrotas hasta hallarles algún sabor dulce.
Tengo una manía por creer todavía, esperar todavía. Esperar hasta cuando desespero.
Amarrar mis deseos al cordón de un globo que sólo sabe ascender. Amarrarme a la esperanza. La irremediable esperanza.
La tomo y me deja, y vuelvo tras ella.
"La esperanza tan dulce,
tan pulida, tan triste,
la promesa tan leve,
no me sirve.
No me sirve tan mansa la esperanza."*
Pero ese terso lazo que me tiene asida a la esperanza no lo creo yo tan manso.
No es mansa la esperanza.
Pesa con su falta de certeza.
Duele porque quiere, llora porque añora, se entrega porque es ciega y porque es ciega la verdad siempre niega cuanto menos la ignora.
La esperanza.
Quizá debiéramos reconocer también que ese hálito y refulgencia que representa también se sostiene. Paciente e irremediablemente.
En mi caso, más irremediablemente que cualquier otra cosa.
*Mario Benedetti- "Me sirve, no me sirve"
