En estos últimos años, entre ires y venires, he aprendido por fin el verdadero nombre de las cosas.
Aprendí, por ejemplo, que aquello a lo que tantos le llamaron independencia, en realidad era exceso de soledad.
Aprendí lo que es el Amor. neirdA.
Aprendí lo que son el destino y la suerte.
Aprendí lo que es la amnesia y la encefalitis límbica autoinmune.
Aprendí que el autoengaño es un mecanismo de defensa indispensable para la supervivencia.
Aprendí que gracias a ello sobreviví.
Aprendí que no era TDAH, eran TDPM y traumas.
Aprendí que no son las oficinas, no es el mundo corporativo, soy yo.
Aprendí que la búsqueda de aceptación y atención es tan vieja como saberse las letras del abecedario.
Aprendí que la convivencia familiar sólo son momentos regados.
Aprendí que el amor incondicional no es el materno.
Aprendí que mi padre siente indiferencia ante mi existencia.
Aprendí que a ese señor le debo el discurso de rechazo interno y de miedo al rechazo externo que tanto ha determinado mis experiencias sociales.
Aprendí que de esa prisión se puede salir.
Aprendí, y sigo aprendiendo, a reconstruirme después de haberme dado cuenta de todo ello.
Todo lo demás, como el poder indispensable de la música, del arte y de los gatos, ya lo conocía.
